Reconozco que ese
no fue uno de mis mejores días. Tenía demasiadas emociones contenidas. En un
momento u otro tenía que estallar. Pero inesperadamente, todo cambió gracias a una persona. Nunca lo he dudado y nunca lo haré,
pero ese día me demostró que siempre está ahí, para lo que sea.
Fue un día largo,
aburrido, pero intenso. Llegué a casa cansada, todavía recuerdo con todo
detalle lo que sucedió. El estómago me daba vueltas sin sentido, no tenía hambre ni ganas de hacer nada. Pasaron las horas, lentas como nunca, y de pronto, sonó el timbre. Fui a abrir la puerta, era ella.
Mi mejor amiga. Traía una bolsa de Mercadona, no me lo podía creer. En ella había una tarrina de helado de chocolate. Pero había algo más. Una tableta de chocolate
valor puro, mi preferido. La sacó, me miró y me dijo:
- Cuando
estés mal, abre la tableta, coge un cachito y llámame. Llegaré enseguida.
Me quedé a
cuadros, sin saber qué decir. Sus ojos brillaban, parecía como si intentara
contener esa lágrima que luchaba por salir. Le di un abrazo, y lo único que
salió de mi boca fue un suave “gracias”. Sé que lo que realmente sentía no se podía definir con una sola palabra, pero en ese momento estaba bloqueada. Ese día pasó de ser el peor, a ser uno muy especial. Ella, sólo con su presencia, consiguió sacar esa sonrisa que tanto deseaba
salir de mí.
Hoy, hace un año de todo esto,
y la tableta
sigue intacta.
No he necesitado abrirla en ningún momento.
